viernes, 11 de mayo de 2018

La vida en movimiento

Once personas sentadas en sillas plásticas se miran entre sí en uno de los salones de Cultura del Sur, Temperley. Sólo una de ellas sonríe al ver las caras nerviosas. Lucía Rinaldi se encuentra acuclillada en una punta de una especie de semicírculo. Su sonrisa pícara cree adivinar las sensaciones de quienes la miran y van a ser sus alumnos en esta primera noche de su curso intensivo de tango.
“¿Están nerviosos?”, pregunta con la sonrisa sostenida. Su mirada recorre las caras que están allí. Chicas, chicos, señores y señoras responden que si con timidez. “Es normal que lo estén, es algo nuevo para ustedes”, afima suavemente con su voz. “Están nerviosos porque van a bailar y bailar es la vida que se mueve”.
Cuando llegan sus dos asistentes, Laura Goya y Juan Martín Suárez, la conversación se torna un poco más fluida. Todos se presentan y cuentan cómo fue que decidieron hacer el curso que los convoca en una noche que no deja de llover.
“Bailar es un arte, pero no competitivo como nos enseñan con todo”, expresa con su voz profunda Rinaldi. “Si tienen un preconcepto del tango, de cómo bailarlo, déjenlo afuera”, continúa, “acá cada uno va encontrar su tango”.
Jugar es la premisa principal y reírse lo que le sigue. Entretenerse, conocerse con los demás, conocerse a sí mismo y reencontrar un momento en el que no haya una exigencia más que la de disfrutar, si es que disfrutar puede tomarse como tal. Puede que tenga ver con la categoría temporal “un rato” que el reconocido filosofo Darío Sztajnszajber no puede definir.
Caminar, zapatear, abrazarse de maneras “originales”, cerrar los ojos, mirarse y hacerse caras graciosas en los cruces que pasan al dar vueltas en círculos son los ejercicios que van a llevar al momento final del abrazo. Pero para eso falta. Primero hay que jugar con los ritmos, porque no todo es tango. Todo lo contrario, eso podría tensionar, entonces corresponde escuchar otras cosas, como Onda vaga, para que el cuerpo se relaje ¿Por qué no la personalidad?
Las parejas cambian con los ejercicios, nadie se queda hasta el final con la misma persona, aunque puede haber algún reencuentro. Un abrazo incompleto es el primer paso para llegar al del baile. No es el primer contacto, pero si la primera simulación.
Para llegar al abrazo verdadero, ese que es difícil de definir con palabras, hay que cerrar los ojos, poner la mano en el pecho de la pareja, sentirse cómodo con ese tacto, acomodar la mano y escuchar la respiración. “Ahora, no abran los ojos y abrácense como si fuera ese amigo al que tanto queremos”, susurra Lucía mientras suena un tanguito lento.
En ese instante, confortablemente eterno, los cuerpos se encuentran como si fueran uno. No importa que sean desconocidos, hay algo más que une los pechos de dos personas que se ven por primera vez. “Con el mismo sentir, hagan un abrazo de tango y hagan lo que les salga”, vuelve a susurrar Lucía con un tango que se escuchar un poquito más fuerte.
Los pies deslizándose acompañan al acordeón. Se escuchan algunas risitas por los primeros pisotones. El tango termina, un abrazo más de amigos que Rinaldi sugiere y los ojos se abren.
La sala está oscura, apenas hay una pequeña luz en un rincón. Un silencio, cortado por las respiraciones, inunda el lugar. “Ya están bailando ¿Vieron que no era tan difícil?”, pregunta Lucía sin dejar de lado la sonrisa. Sin darse cuenta ya bailaron y pusieron la vida en movimiento.

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