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| Milonga Amapola |
El cielo no sabe bien lo que va a hacer, pero un par de
nubes revolotean el Obelisco. A cinco cuadras se encuentra el centro cultural
La paz arriba, justamente es un primer piso donde los pies se deslizan al
compás de un tango acelerado. La clase que dan Romina Pernigotte y Soledad Nani
ya comenzó. Los movimientos de las cinco parejas contrastan con en el amplio
ventanal adornado con lucecitas de Navidad que da a Corrientes.
No es una noche cualquiera, es jueves de milonga Amapola en
el centro cultural. La milonga que lleva
adelante el cuarteto Derrotas cadenas se nota que ya es un espacio de amigos en
el que todo está establecido. Entre birras, papas fritas, la oferta de la noche,
se desenvuelve la noche.
A las 22 son pocos los que están. Los alumnos de Romina y
Soledad son los que ocupan la pista de baile con pasos que ya no son de
personas que recién empiezan. Una extrajera rubia se enoja con un primerizo “It´s
your first class?”, pregunta y con un tímido movimiento de cabeza el otro
asiente.
Al pasar la clase, la dificultad aumenta. El primerizo no
sabe para dónde escapar. Palabras como “pibot” aparecen en el lenguaje de
Soledad que anima a los demás a aumentar el ritmo de los pasos, mientras en un
costado un muchacho, que tomaba una cerveza solo, se pone a jugar al billar en
una de las mesas que rodean la pista.
Son pocos los tangos lentos que suenan. No hay lugar para
violines agonizantes o contrabajos profundos. No no. Son milongas que rozan lo
frenético con los pianitos agudos que marcan los pasos doble que la socarrona
voz de Soledad traduce como “taca/taca/taca”.
El muchacho se rinde y le dice a Romina que sale de la
clase. No duró ni media hora. La rubia lo mira contenta. En realidad, todas las
que intentaron bailar con él lo miran con una satisfacción poco disimulada. La
única que se apena un poco es Pernigotte que lo despide con un beso.
La clase continúa por un rato más, no mucho, pero si lo
suficiente para ver el espectáculo de los bailarines que se conocen hace un
tiempo ya. Cuando Soledad agarra a Romina es el momento de abrir bien los ojos
y ver como giran a la velocidad de un rayo sin equivocarse en lo más mínimo.
Los alumnos también las miran. Los ojos del jugador de
billar se apartan de la mesa para quedar hipnticamentre clavados en el baile de
las mujeres que no trastabillan ni una sola vez. Ni siquiera fue necesario
escuchar tango toda la clase. Lo demuestran con un chachacha, o con un rock and
roll, pero el final es una nueva milonga veloz sin dejar de lado la prolijidad.
La clase termina. Todos se aplauden, porque el aplauso es
celebrar los avances de un mejor bailar, pero también la amistad que los une y
que en un rato los va a reunir en una mesa próxima a la pista, para que cuando
suene la milonga, los encuentre una vez más, con otro abrazo, en la pista de
baile.


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