viernes, 18 de mayo de 2018

Milonga y aceleración

Milonga Amapola

El cielo no sabe bien lo que va a hacer, pero un par de nubes revolotean el Obelisco. A cinco cuadras se encuentra el centro cultural La paz arriba, justamente es un primer piso donde los pies se deslizan al compás de un tango acelerado. La clase que dan Romina Pernigotte y Soledad Nani ya comenzó. Los movimientos de las cinco parejas contrastan con en el amplio ventanal adornado con lucecitas de Navidad que da a Corrientes.

No es una noche cualquiera, es jueves de milonga Amapola en el centro cultural.  La milonga que lleva adelante el cuarteto Derrotas cadenas se nota que ya es un espacio de amigos en el que todo está establecido. Entre birras, papas fritas, la oferta de la noche, se desenvuelve la noche.

A las 22 son pocos los que están. Los alumnos de Romina y Soledad son los que ocupan la pista de baile con pasos que ya no son de personas que recién empiezan. Una extrajera rubia se enoja con un primerizo “It´s your first class?”, pregunta y con un tímido movimiento de cabeza el otro asiente.

Al pasar la clase, la dificultad aumenta. El primerizo no sabe para dónde escapar. Palabras como “pibot” aparecen en el lenguaje de Soledad que anima a los demás a aumentar el ritmo de los pasos, mientras en un costado un muchacho, que tomaba una cerveza solo, se pone a jugar al billar en una de las mesas que rodean la pista.

Son pocos los tangos lentos que suenan. No hay lugar para violines agonizantes o contrabajos profundos. No no. Son milongas que rozan lo frenético con los pianitos agudos que marcan los pasos doble que la socarrona voz de Soledad traduce como “taca/taca/taca”.

El muchacho se rinde y le dice a Romina que sale de la clase. No duró ni media hora. La rubia lo mira contenta. En realidad, todas las que intentaron bailar con él lo miran con una satisfacción poco disimulada. La única que se apena un poco es Pernigotte que lo despide con un beso.

La clase continúa por un rato más, no mucho, pero si lo suficiente para ver el espectáculo de los bailarines que se conocen hace un tiempo ya. Cuando Soledad agarra a Romina es el momento de abrir bien los ojos y ver como giran a la velocidad de un rayo sin equivocarse en lo más mínimo.

Los alumnos también las miran. Los ojos del jugador de billar se apartan de la mesa para quedar hipnticamentre clavados en el baile de las mujeres que no trastabillan ni una sola vez. Ni siquiera fue necesario escuchar tango toda la clase. Lo demuestran con un chachacha, o con un rock and roll, pero el final es una nueva milonga veloz sin dejar de lado la prolijidad.

La clase termina. Todos se aplauden, porque el aplauso es celebrar los avances de un mejor bailar, pero también la amistad que los une y que en un rato los va a reunir en una mesa próxima a la pista, para que cuando suene la milonga, los encuentre una vez más, con otro abrazo, en la pista de baile.  




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