El Obelisco es una aguja blanca que contrasta con el cielo violeta y deprimente que lo envuelve. A dos cuadras de su resplandor y la llovizna, en el Centro Cultural de la Cooperación, una biblioteca antecede una salita pequeña que palpita un corazón marcado por un contrabajo tanguero y conmovedor, es el cuarteto Derrotas Cadenas.
La cita era a las 21 a más tardar, pero un último asistente llega pasados casi 40 minutos de esa hora. No lo quieren dejar entrar porque la venta de entradas ya se cerró, pero consigue que el encargado lo deje entrar sin pagar. Al cruzar la puerta de madera marrón clarito, la melodía golpea su rostro con fuerza.
La oscuridad es la característica principal de la sala; lo único que está iluminado sutilmente es el cuarteto que de izquierda a derecha está dispuesto en primer lugar con el piano, con Juan Pablo Marcó, a su lado el larguirucho Teo Ballesi con el contrabajo, a su lado el compositor de la mayoría de los temas de la noche, Bruno Giuntini en el violín y por último un pasito más adelante, sentado y con un paño sobre su rodilla para sostener el bandoneón, Julio Covelio.
El concierto está bastante empezado. Cuando el último concurrente se sienta a un costado de la sala, en un rincón con mesitas redondas que deja a sus ojos al público, de alrededor de 50 personas, y al cuartero que toca el melancólico tango “Fugaz".
El sonido que se desliza del escenario mezcla lo que entra por el oído y lo que se siente en la panza, en las entrañas, y hace sonreír con los ojos cerrados a más de una de las personas del público. No hay una edad media que los defina. Es lo curioso del tango actualmente, no sólo hay mayores, sino también jóvenes que aprecian los sonidos cordiales de los instrumentos.
Las sonrisas provienen de las butacas, que respetan el semicírculo del escenario, y de las tablas. Los Derrota hacen chistes, disfrutan del lugar y del momento que les toca vivir. El más jodón es Teo: siempre que terminan un tema hace algún comentario. Cuando aplauden se ríe y agradece a su mamá en tono de chiste.
Bruno y Teo se quedan solos. Las luces los iluminan sólo a ellos y los demás instrumentos son devorados por la oscuridad. Teo se sienta para tocar, pero advierte “esto no se hace en el tango” y mira con complicidad a Bruno. “El primer dúo de violín y contrabajo de la historia, escrito por el maestro Bruno Giuntini”, anuncia y el dialogo de los instrumentos comienza lento con el contrabajo. Cuando Bruno se une siente cada vibración del violín con sus facciones y una pieza emocionante de dos minutos arranca aplausos del público.
Los demás integrantes suben nuevamente. Quedan pocos temas. Uno de ellos es “Corrientes y Montevideo”, dedicado a la milonga que tienen en ese cruce porteño. Unos pocos temas más pasan hasta llegar al anteúltimo, “Vomitango”, un clásico de su disco “Huid mortales”.
Juegan a despedirse, pero el público pide uno más. El bis es con otro tema de su disco, “Hidrogeno”. Vertiginoso al principio, suave y lento el medio y una vez más el vértigo hacía el final. Ahora sí, se despiden.
El público aprovecha la intimidad que permite la sala y los busca para charlar. Son varios los extranjeros que los obligan a hablar en un inglés improvisado, pero el lenguaje principal fue el del arrabal porteño, ese que tiene el Obelisco que contrasta con la noche nublada de garúa y humedad.

